Los años, el uniforme y esa vieja costumbre de quedarse
En la ceremonia anual de Premios de Constancia del Cuerpo de Bomberos de Santiago, la ciudad volvió a detenerse y mirar a sus hijos más queridos, en un momento para reconocer algo cada vez menos común: el tiempo entregado al servicio de otros.
En Santiago todavía quedan ceremonias que, por un rato, le bajan el volumen a la ciudad. La entrega de Premios de Constancia del Cuerpo de Bomberos de Santiago es una de ellas. Afuera siguen los motores, los semáforos y la gente apurada; adentro, en cambio, lo que se distingue es algo menos vistoso y bastante más raro: honrar los compromisos en el tiempo.
Quedarse cinco años. Diez. Quince. Treinta y cinco. Setenta. En una época que premia el movimiento constante, Bomberos sigue reservando un espacio para otra virtud: la permanencia, la constancia. No como inercia, sino como servicio. No como costumbre vacía, sino como lealtad a una compañía, a una disciplina y a una ciudad que, cuando más lo necesita, espera respuesta sin demora.
La ceremonia de este año tuvo, además, un pulso distinto. Debió realizarse en otra fecha tras el fallecimiento, en diciembre pasado, de Paul Valenzuela Muñoz, mártir de la Sexta Compañía. Y esa ausencia estuvo presente durante toda la jornada, no como un gesto forzado, sino como suelen estar presentes las cosas importantes: afinando el silencio, ordenando el ambiente, recordando que en Bomberos la tradición nunca es decorativa.
La constancia, en Bomberos, no es tiempo acumulado. Es tiempo ofrecido.
Horas antes, la Octava se movía en el cuartel con ese ajetreo contenido que precede a los actos importantes: uniformes ajustados, bronces pulidos, calzado lustrado, detalles revisados una y otra vez. La Compañía asistió con la gallardía y la solemnidad que la ocasión requería. Hubo forma, disciplina y esa compostura que no depende del espectáculo, sino del oficio. En ceremonias así, una compañía también habla por cómo entra, cómo acompaña y cómo honra a los suyos.
La lista de premiados de este año parece, a primera vista, una tabla. Leída con calma, cuenta otra historia: la de una compañía hecha de trayectorias largas, constancia silenciosa y vocaciones que no se abandonan a la primera dificultad. Historias y nombres que avanzan al costado de una ciudad en permanente cambio, pero que siguen sosteniendo una idea antigua y exigente del deber.
Como marca la tradición, los miembros del Directorio del Cuerpo de Bomberos de Santiago reciben al inicio sus reconocimientos por años de servicio. Ahí también estuvo presente la Octava, a través de su Director, cuya distinción honró no sólo una trayectoria personal, sino también a la Compañía y al grupo de octavinos que serían reconocidos a lo largo de la jornada.
Premiados de la Octava Compañía
- 5 años: Belén Ignacia Arce Mayorga, Daniel Antonio Cares Segovia y Álvaro Arturo Betancourt Benítez.
- 10 años: Marco Andrés Pacheco Hernández, Ricardo Andrés Daguerressar Cristi, Carlos Andrés Rivera Fuentes y Jorge Manuel Abadía Lanata.
- 15 años: Jaime Rodrigo Rowe Peña, Jorge Alejandro Salazar Correa y Simón Andrés Arcos Parada.
- 25 años: Rodrigo Armando Seckel Santis.
- 35 años: Jorge Bernardo Carmona Becker y Cristian Gonzalo Aracena Avendaño.
- 55 años: Luis Alejandro Zavala Díaz.
- 70 años: Justiniano del Carmen González Sánchez, N.M.H.
- Reconocimiento especial: voluntario y exbrigadier Martín Abadía.
Uno de los momentos más emotivos de la jornada fue el reconocimiento a don Justiniano González. El auditorio completo se puso de pie para aplaudir una trayectoria que excede la cifra y entra en otra categoría: la de quienes han entregado décadas enteras a una vocación. En ese aplauso había admiración, claro, pero también gratitud.
Quizás por eso esta premiación anual conserva su peso. Porque, aunque mantiene el protocolo, las insignias y la música, en el fondo habla de algo muy simple y muy potente: del tiempo puesto al servicio de otros. Y ese tiempo, cuando se ha vivido bien, deja de ser cifra. Se vuelve carácter. Se vuelve ejemplo. A veces, incluso, se vuelve tradición.
La Octava estuvo ahí para acompañar, reconocer y representar. Para aplaudir a los suyos, desde luego, pero también para formar parte de una escena mayor: la de un Cuerpo que, año tras año, se detiene a agradecer algo que la ciudad no siempre alcanza a ver. El tiempo entregado. La vocación sostenida. La antigua costumbre de sostener el compromiso adquirido.


